domingo, 9 de junio de 2013

EL ABISMO

  Se veía venir. Ellos lo saben y el temor al dolor hacía alargar esa agonía...

  Patricia y Andrés. Andrés y Patricia.

  Se sabían conocidos desde la niñez. Vivían en la misma finca. Él en un quinto. Ella en un octavo.

  Compartieron juegos: canicas, carreras, tirachinas, alguna mirada... A él le gustaba. Ellos se gustaban.

  Paseaban por los campos de naranjos o de maíz. Buscaban saltamontes entre los matorrales, mariquitas en los campos de patatas, orugas en los cementos de las paredes o lagartijas confiadas al sol.

  Pero un día surgió el amor. Las miradas permanecían en el suelo mientras se cogían tímidamente las manos. Aquello no era ya un juego. Era el primer amor doliente de la niñez.

  Compartieron cumpleaños, vivían con la ansiedad de verse un día sí, el otro también. Les marcó la distancia de los distintos colegios pero él pensaba en ella, y ella pensaba en él.

  Un día crecieron y a los amigos dejaron. Formalmente eran novios. El amor se había abierto en su plenitud para mostrarse con la fuerza devastadora de la pubertad los sentimientos; después, la carne se apoderó de ellos.

  Pero un buen día se casaron. Eran felices. Los días se hacían extremadamente cortos, eran felices de depender el uno del otro. Creían que eran libres, libres de padres, libres de cadenas, libres en definitiva. Pero se equivocaban...

  Un día ya no tenían más que decirse. La convivencia pasó de ser rica en sentimientos a vaciarse completamente de ellos. Los suegros y los padres malmetían inmiscuyéndose en sus asuntos. Los hermanos reclamaban. Los sobrinos requerían regalos de cumpleaños. Los hijos habidos del matrimonio requerían muchas atenciones. Crecieron y los gastos superaron a los ingresos.

  Ella suplía su vacío existencia con la tarjeta de crédito, con vicios mundanos y con largas conversaciones por teléfono.

Él iba al bar o se plantaba horas delante del televisor. O hacía bricolaje..

  La vida ya pasaba vertiginosa para ellos, pero de otra manera. Un gran vacío y silencio se apoderó de ellos. Se sabían incluso infieles el uno para con la otra, y viceversa, pero no se podía demostrar. Habladurías de vecinos, se decían.

  Ellos estaban atados a un pasado, peo no podían deshacer el futuro.

  Esta es la España actual, y la de muchos países del mundo. El amor místico no tiene fecha de caducidad pero el físico, terrenal, no intangible, acaba y se convierte en cenizas de lo que fue.

© Guillem de Senent. Todos los derechos reservados. 09/06/2013