Se veía venir. Ellos lo saben y el
temor al dolor hacía alargar esa agonía...
Patricia y Andrés. Andrés y
Patricia.
Se sabían conocidos desde la niñez.
Vivían en la misma finca. Él en un quinto. Ella en un octavo.
Compartieron juegos: canicas,
carreras, tirachinas, alguna mirada... A él le gustaba. Ellos se
gustaban.
Paseaban por los campos de naranjos o
de maíz. Buscaban saltamontes entre los matorrales, mariquitas en
los campos de patatas, orugas en los cementos de las paredes o
lagartijas confiadas al sol.
Pero un día surgió el amor. Las
miradas permanecían en el suelo mientras se cogían tímidamente las
manos. Aquello no era ya un juego. Era el primer amor doliente de la
niñez.
Compartieron cumpleaños, vivían con
la ansiedad de verse un día sí, el otro también. Les marcó la
distancia de los distintos colegios pero él pensaba en ella, y ella
pensaba en él.
Un día crecieron y a los amigos
dejaron. Formalmente eran novios. El amor se había abierto en su
plenitud para mostrarse con la fuerza devastadora de la pubertad los
sentimientos; después, la carne se apoderó de ellos.
Pero un buen día se casaron. Eran
felices. Los días se hacían extremadamente cortos, eran felices de
depender el uno del otro. Creían que eran libres, libres de padres,
libres de cadenas, libres en definitiva. Pero se equivocaban...
Un día ya no tenían más que
decirse. La convivencia pasó de ser rica en sentimientos a vaciarse
completamente de ellos. Los suegros y los padres malmetían
inmiscuyéndose en sus asuntos. Los hermanos reclamaban. Los sobrinos
requerían regalos de cumpleaños. Los hijos habidos del matrimonio
requerían muchas atenciones. Crecieron y los gastos superaron a los
ingresos.
Ella suplía su vacío existencia con
la tarjeta de crédito, con vicios mundanos y con largas
conversaciones por teléfono.
Él iba al bar o se plantaba horas
delante del televisor. O hacía bricolaje..
La vida ya pasaba vertiginosa para
ellos, pero de otra manera. Un gran vacío y silencio se apoderó de
ellos. Se sabían incluso infieles el uno para con la otra, y
viceversa, pero no se podía demostrar. Habladurías de vecinos, se
decían.
Ellos estaban atados a un pasado, peo
no podían deshacer el futuro.
Esta es la España actual, y la de
muchos países del mundo. El amor místico no tiene fecha de
caducidad pero el físico, terrenal, no intangible, acaba y se
convierte en cenizas de lo que fue.
©
Guillem de Senent. Todos los derechos reservados. 09/06/2013




